Seleccionar página
Todo el mundo necesita un beso

Todo el mundo necesita un beso

Hoy es 24 de diciembre. Son quizá las doce de la noche. Estoy en la casa de mis tíos que alguna vez fue la casa de los abuelos. Pienso, por un momento pequeñito, cómo es posible que haya llorado todos los días durante los últimos dos o tres meses. Dónde cabe tanta tristeza, incluso cómo le hice para llorar y seguir con la vida.

Después de ayudarle a Luciana a montar con afán sus patines, camino hasta el balcón de la casa. Es desesperante, cada tres casas hay un bafle más grande que retumba con una música distinta. Admito que lo disfruto también, solo por ser navidad, por ser 24, porque otros estén felices como se supone que estoy yo.

Mirando hacia afuera me detengo en los vecinos del tercer piso en frente de mi casa. Adentro, a puerta cerrada, se ve detrás de los vidrios a una pareja bailar abrazada. Dan las vueltas suaves de quienes bailan con los ojos cerrados. Desde aquí casi se les ve una sonrisa de esas que suceden cuando el cuerpo encaja perfecto con el otro y cada paso parece planeado. La música ya no es como la que estaba sonando, esta es una canción distinta. Nunca la había escuchado.

El tiempo siempre se detiene cuando uno está bailando así. Cuando la canción es perfecta, cuando afuera desaparece el mundo y solo existe el ritmo de un cuerpo que se mueve con el compás de la canción.

Veo a los vecinos felices en la sala de su casa mientras yo siento el vacío creciéndome por dentro. Se me aguaron los ojos. Tengo ganas de llorar. Alcanzo a sacar mi celular, oprimo un botón y digo: -¿qué estoy escuchando? Tomo un pantallazo y me voy al solar donde está el resto de la familia.

Luego de un rato intento buscar la canción pero la aplicación en mi celular se había equivocado y aparece cualquier otra que estaba sonando en otra casa. No era la canción de mis vecinos bailando y sabía que ya nunca la encontraría porque no tenía idea ni siquiera del ritmo.

Parecía nueva, pensé.

Se acabó el 24 y vinieron otros días. Pasó el 25, el 26. Así hasta el primero y el dos. Ya cuando lo había olvidado, abro mi celular y decido por fin empezar la vida el tres de enero como si apenas fuera primero.

En mi celular hay un video, dura seis segundos. Soy yo queriendo inmortalizar el recuerdo de los vecinos. Encuentro la canción. Es como si la vida volviera a empezar.

Malgastar el tiempo o 37 minutos en carro

Malgastar el tiempo o 37 minutos en carro

El otro día en Tiktok alguien me comentó en una de las historias que había perdido un minuto de su tiempo. Me pareció charro, claro. Tomarse muy en serio los comentarios de Tiktok es creer demasiado en el algoritmo. Es darse por vencido a no entender el humor de nuestra generación. Es ceder, pienso, a algo que está hecho para otra cosa.

Sin embargo, sabiendo que era gracioso que alguien perdiera un rato de su vida para poder comentarlo después, sí me quedé pensando en el tiempo, en lo importante de malgastarlo.

Nada -creo- es tan importante como saber malgastar el tiempo. Nos pasamos la vida haciéndolo. Es una ecuación de matemática fácil, porque es improbable dedicarle demasiada vida a cosas que sean tan productivas y porque si lo hiciéramos, en el mejor de los casos, estaríamos fritos a los veinte sin una sola neurona que sobreviva a tanto voltaje.

Pensé en la importancia de derrocharlo. De usarlo, entregárselo a otros. Se me ocurrió que el amor y el desamor se encuentran en él también. Me acordé incluso de la canción de Cuarteto de Nos que explica cómo me siento ahora y por qué no me gusta pensar que los días me van a sanar una herida que me sangra sin yo pedírselo y me recuerda un dolor pasado que el presente me ha estado intentando borrar.

Pensé en la bendición de malgastarlo porque hacerlo es el origen de muchas cosas. Pensé también en las cosas específicas en las que yo malgasto mis minutos, horas y días que se van despidiendo sin que yo sienta un centímetro de culpabilidad.

Me he gastado mucho más de 37 minutos viendo videos de America’s Got Talent en los que oprimen un botón dorado que ni siquiera tengo muy claro de para qué funciona. Me he tomado más de 37 minutos viendo propuestas de matrimonio gay de gente que parece que sí va a durar hasta viejitos. Incluso le he dedicado muchos minutos a saber por qué en un reality argentino la gente está obsesionada con que dos hombres se besen.

He perdido a veces 37 minutos en la dirección contraria del metro y me he devuelto esa cantidad de minutos sobre los rieles del tranvía. También he malgastado mi tiempo escuchando gente que explica cosas sin yo querer escuchar sus palabras.

Esa es la magia del tiempo, de perderlo. Incluso sin pedirlo uno termina por saber que esa es la vida. La bendición de lo desagradable al saber que hay cosas que tocan así nadie las quiera.

Esa cosa que nos hace estar despiertos a las tres de la mañana preguntando por el día en que la infancia cambió o haciendo una pregunta más sobre ese libro que al otro le pareció tan inolvidable es el tiempo. Malgastarlo. No bien ni mal, pero malgastarlo. Aún cuando uno tiene que madrugar a las siete de la mañana, sabe que solo había una madrugada disponible para enamorarse de alguien que al final posiblemente dirá que tiene tanto para resolver de sí mismo que es mejor no comprometerse con nada que pueda hacerle llorar de vulnerabilidad por una vez en la vida.

Siento, casi como si fuera una revelación, que hay que defender la idea de que el tiempo está hecho para malgastarlo. En un mundo repleto de cosas para usarlo mejor o de manera más “útil”, invertirlo en manejar durante 37 minutos para encontrarse con una conversación que valga la pena es un tesoro, casi un conjuro de que al final solo puede salir bien.

Claro. 37 minutos no al azar, sino bien pensados. Esa es la cantidad de minutos que te demoras en atravesar el taco de las seis y media de la tarde. Lo que dura un podcast de alguien que cree que sabe algo. Lo que escoges evitar para no ayudarle al destino a sorprenderte.

Malgastar el tiempo o 37 minutos en carro. Lo mismo.

Cuánto dura un abrazo

Cuánto dura un abrazo

Puede durar menos de cuatro segundos. Tal vez porque sea uno de esos incómodos o porque algo lo interrumpe. Incluso por esa química que nadie ha estudiado en la que de alguna manera los hay incompatibles. Puede ser una fortuna de dos amigos que encontraron la forma perfecta de encajar sus cuerpos, incluso combinándolos en sus diferencias o encontrándose en ellas.

Dicen que hay algunos que huyen de las medidas. Como el de una madre que despide a su hijo que persigue otros sueños o el de un hijo que pierde a sus padres.

Los hay procedimentales, forzados. También abusivos, más cerca de lo que uno quiere. Existen algunos conquistados, que saben a la victoria de los coquetos y otros que parecen curar un mal que todavía no existía.

Hay algunos que duran minutos y se sienten eternos. Otros que están hechos para quedar inmortalizados en una foto y también existen los que se estiran en los recuerdos de quienes cuentan la hazaña de que alguna vez su amor fue prohibido.

Un abrazo puede durar lo justo, como el de quienes se encuentran en los lugares que se prometieron celebrar juntos y terminan por dejar como único registro ese breve instante de sonreírse, acercarse, volver a sentir el aroma del otro, despedir una lágrima. Aferrarse de nuevo al cuerpo que una vez amaron y del que hoy solo queda el final, la renuncia. La parte que ya no alcanza para el presente.

¿Cuánto dura un abrazo? No importa. Nunca dura suficiente.

Todas las personas son maravillosas

Todas las personas son maravillosas

Son las 12:40 de la noche. Tengo en mi cabeza la cara de Brendan Fraser en The Whale diciendo:-las personas son maravillosas. Cuando se acabó la película, bajé las escalas y pedí un carro. Lo esperé sentado durante muchos minutos mientras se perdía por Envigado.

Luego me subí. No hablamos en todo el camino. Intentó perderse por otras vías pero le dije por dónde era. Nunca había entendido por qué tantas veces se equivocan de dirección mirando el mapa. Hoy sí. -Es cansancio- pensé. Este señor está cansado.

Puse la llave en la reja. Giré hacia la izquierda. Puse la llave en la puerta. Giré hacia la derecha.

Me puse a escribir esto.

-Las personas son maravillosas-, veo en mi memoria. Abro mi celular y veo una foto, es alguien en la puerta del trabajo de su pareja llevándole flores. Pensé que ese fácilmente podría ser yo. El de las sorpresas, los detalles inesperados, los kilómetros cruzados solo para crear un recuerdo.

¿Seré yo? Pensé por un segundo. Y recordé lo que he sentido estos días. El corazón apagado, un muro más grande que mi cuerpo. Hace días no lloraba así. Pero por qué, ¿por qué hace días no lloraba así? Si a mi no me cuesta llorar.

Ya sé. Es que viendo la cara de Charlie me cuestioné si yo también creo que las personas son maravillosas. Por qué él, en ese personaje increíble herido y abandonado de alguna forma, no deja de creer en esa luz dentro de otros.

Dudé por un rato sobre mi pregunta, incluso hasta este momento. Tal vez una parte de mí perdió por un segundo de vista todo lo maravilloso.

¿Cómo es eso posible? Que se esconda en el horizonte todo lo que es belleza. Cómo se te ocurre, José. Si todo lo que ves es la maravilla oculta entre todo lo demás. Pero pienso las dos cosas al mismo tiempo.

Hace unos días escuché a alguien decirme que la rabia era una emoción válida, que la sintiera. Y ahora la siento. Me siento enojado.

Pero entonces no entiendo a Charlie. Ni a mí. Nos une y nos separa el enojo. Qué raro.

Eso fue lo que sentí con ese video de las flores. Un punzón dividido en mi mente con la pregunta de ¿algún día querré otra vez llevarle flores a alguien? y me asusté. Por un momento me invadió esa idea de que uno tal vez no vuelve a querer a nadie nunca más y la vida se acaba sin otro final.

Entonces dejé de sentir enojo y sentí tristeza. ¿Qué es la tristeza, José? me preguntaría Jairo. Luego me diría que recuerde que las emociones son cosas que duran minutos. Entran y salen. Lo que hay antes y después son otras cosas. No emociones.

Yo pensaría entonces que ya conozco esta emoción. La tristeza. La otra casi no. Me la permito muy poco. ¿Qué es la rabia, José? y ahí está mi tarea.

La rabia es una tarde sentado conmigo mismo entendiendo quién soy. Dejándome ser las cosas que no me gustan de mí mismo. Incluso luchando por no cambiarlas como siempre. Que no haya una sola arruga en la ropa, en la vida, en la historia que se escribe. Eso es.

Salir del clóset conmigo

Salir del clóset conmigo

Nunca leí nada que hablara de lo que sería. Ahora que lo pienso, no se habla mucho de cómo es luchar contra uno mismo en estas cosas. Casi todos asumen que la lucha más difícil de seguro siempre será la familia, esos amigos que se imaginaban otra cosa, los familiares que preguntan con malicia cuándo es que me voy a casar, si es que me caso.

Salir del clóset conmigo fue sentir una derrota. Ahora que lo pienso, lo intenté mucho: ¿y si simplemente hago lo que hacen mis amigos e invito a una pelada a salir?, pensaba. Aunque lo intenté, el último año del colegio me di por vencido. Qué cansancio pensar que tengo que perseguir la atención de alguien que no me gusta. Fue más fácil -y lo recuerdo muy bien- decirle a todo el mundo que no creía en el amor.

¿Pero quién vive sin amor? Esa era mi pregunta. Por qué no puedo amar. Qué es lo difícil. Quién me dijo que tenía que pedir permiso para sentir lo que sentía. ¿Serán tantas reglas inamovibles que aprendí? La camisa por dentro, los zapatos impecables, la disciplina que nunca pude cumplir del todo, esas cosas que llegan de la infancia y parece que se quedan. El miedo de ser más diferente de lo que ya era.

Recuerdo que hubo muchas tardes en las que hablé con mi mamá por teléfono. -Quiero ser como los otros- le decía. Quiero jugar fútbol, despreocuparme de estar bien vestido, dejar de ser el mejor amigo de las niñas y ser el goleador del equipo.

Imagino que debe ser muy raro escuchar esas cosas al otro lado del teléfono. -No tienes que ser igual para encajar- me decía la infinita sabiduría de mi mamá.

La lucha consistía en pensar que si alguna vez había escuchado Pelo suelto de Gloria Trevi a escondidas mientras bailaba, la mejor manera de existir con esa historia era ocultarla; esconder en el olvido que tuve un amigo del que me enamoré en el colegio y que por él siempre supe que el amor existe, que negarlo era huir de mí mismo.

Quizá si lograba eliminar esa parte de mí que era tanto problema la vida sería más fácil. Pero ya sabemos que la vida está hecha para todas las cosas, excepto para ceder al deseo de la facilidad.

Quisiera decir que tuve que enfrentarme a mi propio reflejo porque lo decidí con esfuerzo y determinación, pero no fue así. De hecho no pasa mucho eso. Es la vida la que entrega las oportunidades en forma de circunstancias. A mí por ejemplo fue una conversación con Valentina, caminando de un lado a otro en el bulevar de la universidad, cuando decidimos: -este semestre vamos a ceder al amor. Es una promesa. Así fue como terminamos en una historia distinta cada uno y nos cumplimos la promesa sin saber el costo.

Yo había decidido que quería hablar con mis amigos. Sentía escalofríos y una repulsión a hablar de algo que no tenía claro, que era incómodo, pero lo hice. Lo confesé con cada uno de ellos como si hubiera cometido un crimen. Al final del día yo también creía que me iba a ir al infierno, pero estaba seguro de que no iba solo.

Quise saber por muchos días si el Dios que me habían prometido me quería así, si no sería tal vez que ese pequeño detalle me cerraba las puertas de su casa, incluso llegué a considerar que mientras más bueno fuera, más fácil sería ocultar la mancha de mi identidad. Esa mentira que nos hemos dicho muchos de que tenemos que recompensar la maricada con buenas acciones para empatar el pecado. El inicio de una guerra por ser perfectos que casi siempre tiene un final triste.

Salir del clóset conmigo fue eso. La combinación entre respirar profundo para aceptar quién era y la certeza de que quería celebrarme, usar mi orgullo para algo más que ser esa referencia del amigo gay y sabiendo siempre que en mis privilegios la historia sería inevitablemente distinta.

Salir también fue el recuerdo inolvidable de esa primera discoteca a la que fui alguna vez -en Bogotá- en la que la primera impresión del lugar fue una pareja de adultos bailando merengue. ¡Merengue! Eso era imposible para mí. Dos hombres en sus cuarenta que se abrazaban y bailaban sin miedo.

Tuve que salir del clóset muchas veces conmigo para darme cuenta que nadie me iba a negar lugares en los que yo ya me hubiera aceptado. Algo así como que el único que tiene el verdadero poder de censurarme soy yo.

Puedo bailar merengue si quiero. Pintarme las uñas y explicarle a mi primo de cuatro años que hay hombres que se pintan las uñas y no son mujeres. Puedo casarme, tener dos hijos y un perro, o no. Podría incluso ser fan de los concursos de drag queens o bailar de vez en cuando reguetón y pop, combinados. Puedo, claro. Cuando salgo del clóset conmigo ya no hay límites que me obliguen a vivir una vida que no quiero vivir.

La mejor parte es que la historia no se acaba, solo sigue. Como la vida.