por tomatesoy | Mar 9, 2025 | Diario
Me gusta el poder de la música. Puedo ponerle el nombre de una canción a los peores meses de mi vida, los que más sufrí, y también puedo cerrar los ojos y sentir lo mismo que ese niño de 12 años con un discman y un solo CD de Rakim y Ken-Y.
Me gusta la música porque me recuerda a todas las personas que he querido. Las veces en las que Youtube fue mi mejor amigo. Los días en que le puse Londres en el equipo de sonido a mi mamá para bailar salsa en la sala de la casa.
La música me hace recordar todos los días que nos aprendíamos canciones en el colegio. Las cantábamos en todas las misas. Cada una con una coreografía con la que, sin importar nada, éramos 500 niños al unísono con canciones de Don Bosco y un solo deseo de “estar alegres” como nos repetían tanto.
Puedo recordar que fue con música que me enamoré un día de un violinista que me regaló una partitura de Retrato del aire, un tango. Una canción que nunca volví a escuchar como ese día en vivo.
Me imagino que nada sería igual sin esos recuerdos, como el primer viaje a la costa, dieciocho horas en carro, escuchando porro mientras desesperaba a mis papás preguntándoles cuánto faltaba (y secretamente deseaba que pusieran más de ese disco).
Fue con música que enfrenté el día que supe que mi mamá tenía cáncer y lloraba en un salón de diez personas mientras Marta Gómez cantaba sobre ser mamá. Fue también con música que descubrí que no era metalero cuando tenía catorce años y que sí me gustaba el reguetón porque anhelaba con todas mis fuerzas que alguien me sacara a bailar cuando sonaba la canción Rayo y Toby.
La música siempre ha estado conmigo. No tanto como con otros amigos, que cuando hablamos escuchan muchos más minutos que yo, pero lo suficiente para sentir que cada persona que he sido ha estado dibujada por una canción que lo describe todo perfectamente.
Me he enamorado con canciones. He odiado con álbums enteros. Esperé hasta la medianoche para escuchar nuevos lanzamientos, respiré profundo intentando contener las lágrimas con artistas que para siempre serán una marca de tristeza. Me he sorprendido en un festival conociendo un artista nuevo (para bien y para mal).
Cada capítulo de la vida tuvo su banda sonora: cuando me echaron del trabajo y lloré escuchando el último álbum de Adele y sintiéndome miserable mientas caminaba por horas hasta que me superó el dolor en las piernas y se me pasó. La música de Mabiland que antes escuchaba mientras caminaba por la Avenida La Playa y ahora no puedo ni sentir que suena en cualquier parte. La vez que Crudo lanzó una de sus canciones más famosas poniendo pedacitos en discotecas antes de que saliera. El día que escuché por primera vez a Fito y a Cerati.
Cada canción es un recuerdo, como el de Albeiro, el profesor de sociales del colegio que nadie respetaba, pero que fue el primero en hablarme de justicia social y poner en la clase Muevan las industrias para que tuviéramos al menos un poquito de cultura con Los Prisioneros.
Me gusta el poder de la música. Sentir que todo va a estar bien con esa canción que he escuchado incontables veces cuando todo va mal y estoy a punto de dormir. Recordar a mi abuelo en la canción que cuenta mi mamá que él ponía cuando lo embargaba la nostalgia y se escuchaba desde la ventana de la habitación de mis papás, justo debajo de la de él.
Me gusta la música. Cada canción es un recuerdo y cada recuerdo es una forma de saber que estuve vivo.
por tomatesoy | Feb 3, 2025 | Diario
Casi siempre soy capaz de pedir un plato distinto en Crepes. Veo esa carta repleta de opciones y mi decisión -la mayoría de las veces- es probar algo que no haya comido antes. Algo nuevo.
Me gustan las recomendaciones semanales de Spotify, pongo el radio de canciones que me gustan para encontrar otras nuevas. Voy a festivales de música para descubrir y enamorarme de artistas que nunca había escuchado.
Eso es algo que podría describirme como persona.
Hace unos meses, conversando con Jairo, le dije que no sabía qué había pasado con mi fuerza. –Me desconozco, le repetí. Yo era otra persona. Era ese que jamás admitiría algo por debajo de lo aceptable con alguien. Era el que se iría sin dudarlo de cualquier lugar en el que no se sintiera bienvenido. Tenía una fuerza adentro mío que usaba para impulsarme a vivir mi vida sin pedir perdón al irme de todos los lugares que me dolían.
Trabajamos en eso varias sesiones. Lo recuerdo. Entendí por qué, hasta cuándo y para qué flexibilicé mis límites en la vida.
Me entendí, me abracé, me prometí que todo iba a estar bien. Incluso miré de nuevo con más curiosidad todas las cosas que hay conmigo y me sorprendí de la red que construí con amigos que vendrían por mí a cualquier parte para conversar y hacerme sentir mejor.
Yo era el que probaría un plato nuevo sin miedo de que otra vez saliera picante y ya no me gustara porque odio el picante. Al mismo tiempo me convertí en el que, muerto de miedo, no quería cambiar nada sobre su vida.
Si hay algo cierto en estar vivos es que lo que no para es el movimiento . De eso me enteraría después. Otras personas lo han dicho de formas más bellas que yo, pero significa lo mismo.
Hace un mes, entonces, usé una nueva fuerza que me impulsó a inscribirme en una clase de danza. Danza contemporánea. Luego a los días, llorando con Sara por teléfono, me inscribí también a una de improvisación.
La vida, de la nada, los lunes y jueves por la noche me tiene grandes lecciones. Todo lo que me dicen yo siento que no me lo dicen para la clase sino para la vida. Me veo a mí mismo en los compañeros y a veces también intento ignorar que ellos están ahí para que no me dé tanta pena hacer el ridículo. También me río con algunos de ellos cuando coincidimos entre miradas de: ¿qué vine a hacer yo aquí?
La clase de danza pasada fue la mejor prueba. Salí frustradísimo. No soy capaz de tocarme los pies, me veo todo el tiempo en un espejo que me recuerda que no camino lo más derecho posible, soy torpe en los pasos, veo a la profesora que parece caer suavemente al piso y yo solo doy tumbos entre un movimiento y otro intentando entender cómo hace ella para verse así. Entre instrucciones y mi intento por lograr aunque fuera una sola de las figuras, la escuché decir: “si usted no sabe pa’ donde va cuando sube, pierde el impulso”.
Me quedé pensando en eso el resto de la noche. Bueno, en eso y en que me quería salir de la clase porque no era un bailarín profesional en menos de dos semanas.
Pensé en que ella se refería al ejercicio en el que tenía que apoyarme sobre el empeine, subir la rodilla, levantarme y aprovechar el impulso para girar y volver a la posición inicial. Pero yo entendí otra cosa. Pensé: ¿para dónde voy cuando voy subiendo? porque no quiero perder el impulso.
Igual me pasó en la clase de impro. La profesora, seria, nos dice: hay que aceptar, decir que sí a todo, construir sobre lo que el otro dice, dejarlo terminar de hablar para poder saber qué responder. Y yo solo pienso cada vez: qué increíble, es como si estar aquí de repente me hubiera hecho caer en cuenta de todas las cosas en mi vida a las que todo el tiempo les estoy diciendo que no, en toda la gente que no dejo terminar de hablar, en las veces que me hace falta construir sobre lo que los otros me proponen.
Dos semanas de clases. Solo dos. Y ese arrebato de haberme inscrito a la clase de baile que siempre quise e imaginarme compartiendo más tiempo con Sara me devolvieron al José que no le tiene miedo a probar ese plato que trae lo que nunca he comido, al que escucha al barrendero mexicano que se lanzó al estrellato en Tiktok porque quiere descubrir algo nuevo y el que (ojalá) nunca más acepte menos de lo que sabe que la vida tiene para él.
por tomatesoy | Nov 14, 2024 | Diario
Cuando estoy feliz, sonrío. Voy caminando mientras escucho música, pájaros, gente hablar de cosas. Veo a cualquier parte y encuentro belleza, detalles, casas que no había visto antes. A veces decido sentarme en cualquier parte y comprarme un postre o contarle a un amigo que me siento muy feliz, reírme con él o ella y hacerle partícipe de mi alegría.
Cuando estoy triste, lloro. Pongo la canción de Sam Smith que no tolero desde hace unos meses y que habla de todo lo que viví y lo que sentí y la tristeza tan profunda que me atravesó. Cada vez que la tristeza me acompaña por unos días escucho más música quizá para articular mis lágrimas o para encontrar en las palabras de otros una explicación exacta de lo que también quisiera decir yo.
Cuando tengo miedo, hablo. Abrazo a mi mamá y le digo que estoy paralizado del susto que me da el hacer alguna cosa. Cuando tengo decisiones importantes, cuando no puedo dormir en las noches o cuando, después de 25 años, me sigo levantando llorando después de soñar con las cosas horribles que se inventa mi mente y entonces de vez en cuando le cuento a ella y las palabras de «fue solo un sueño», son lo único que me alivia.
Se me ocurren muchas cosas que hago para casi todas mis emociones. Excepto para la rabia.
La guardo para que no parezca exagerado cuando una persona se mete en la fila delante de mí en el tranvía después de esperar mucho tiempo. La escondo cuando un amigo que llevo esperando por horas me cancela nuestra salida. La intento articular en palabras más amables cuando, en el trabajo, alguien interviene para decir algo desobligante o con mala intención.
A veces parece que la rabia está mal vista. Sara me dice que es una emoción que tiene mala prensa. Quizá es eso. Hay gente que un día no puede más y estalla. A veces pienso que eso me podría pasar a mí (o a todos).
Pienso dónde poner la rabia que siento cuando no sé por qué me pasan las cosas que me pasan. La que me recorre la cabeza cuando me están pasando cosas buenas y yo pienso que ojalá estuviera en otra parte, haciendo otra cosa. Cuando no alcanzo a disfrutar algo como me imaginé que podría disfrutarlo por mi propia presión de pasar bueno.
¿Dónde se pone la rabia? Porque estoy cansado de ponerla debajo, detrás, a un lado. Quiero ponerla encima de la mesa. Dejar de imaginarme que si grito alguien me va a mirar mal.
¿Dónde se pone la rabia? Quiero saber.
por tomatesoy | Oct 15, 2024 | Diario
Hace cinco años estuve en el mar caribe con Valentina y Víctor. A Valentina la conocía de antes porque estudiábamos juntos y a Víctor lo conocí preguntándole si lo que ponía en su perfil de Instagram era verdad hasta que un día me enamoré de él.
Ese año quería conocer el Chocó en un pedacito justo al frente de Antioquia en el golfo de Urabá. Me había obsesionado con ir porque un día Ana, otra amiga, me convenció sentados en un mueble en la Fiesta del Libro. Me dijo: tienes que ir, te prometo que va a ser inolvidable.
Después de diez horas en bus y dos en lancha, llegamos a Al Vaivén, el hotel de mi amiga. Todos los días era como despertarnos en el paraíso; desde el baño de la habitación se veía el mar y desde el mar se veía la selva; soñábamos entre truenos y lluvia y al amanecer todo era nuevo y distinto. Comíamos cosas que nunca habíamos probado, Victor repitió la sopa tailandesa todas las veces que pudo y yo anhelaba que llegara el día en el que hubiera otra vez postres de amor escondido, la especialidad de la región.
El día de la caminata al Bosque de los Gigantes volvimos muy tarde y cansados. Después de horas de conocer árboles, caminar con botas prestadas y pensar que no lograríamos llegar tan arriba, volvimos con el último poquito de energía al comedor del hotel con todos los otros integrantes de la excursión. Nico, el guía, dijo: –tengo una sorpresa para los que no estén tan cansados.
Yo estaba cansado pero me pudo la curiosidad. Vale, con su personalidad aventurera y decidida de siempre, se fue conmigo. Victor no pudo, o no quiso (tal vez había mas sopa si se quedaba).
Bajamos las escalas de piedra, caminamos entre la oscuridad de la orilla y llegamos al mar. Vale me dijo que no era capaz, que su mamá le había repetido muchas veces que al mar no se entra de noche, que es muy peligroso y que esa era la única cosa que no se debe hacer en un paseo de esos.
Yo ya estaba adentro sin saber esas palabras que mantenían afuera a Vale. Luego, después de ver que todos ya estábamos ahí, fui por ella y caminamos juntos, cogidos de la mano, hasta entrar a donde estaba el grupo de los que no estaban tan cansados.
Nico nos dijo que solo tenía una careta, pero que habría un turno para cada uno. Recuerdo que esperamos muy poco, porque solo éramos cinco o seis personas en el agua. Cuando me tocó a mí, me puse la careta muerto de susto, respiré profundo y me sumergí. -Tóquese los brazos, nade, me dijeron.
Yo empecé a moverme despacio y al principio no pude creerlo. Me moví más rápido y ahí estaba. Me toqué la piel de los brazos y ahí también. El plancton brillaba con mi movimiento, con mi tacto en la piel, con el agua que estaba debajo mío y que yo veía casi dudando de que fuera verdad.
El agua brillaba y yo nunca había escuchado que el agua podía brillar. Salí del agua, le entregué la careta a Vale y esperé que fuera mi turno otra vez. Jugamos colgados del ancla de un barco, nos reímos y vimos el cielo estrellado encima de nosotros. Es como si las estrellas estuvieran en el agua, pensé. Todavía recuerdo ese pensamiento con detalle como si hubiera sido ayer.
También miré mucho tiempo el cielo, los amigos que hicimos en ese viaje y el mar iluminado por el que estaba nadando debajo de nosotros para volver a ver cómo todo brillaba por debajo.
Sentí que se me hacía un nudo en la garganta y caí en cuenta de que estaba viviendo eso. Tuve una sensación de consciencia de la realidad: el momento en el que uno está experimentando algo, se da cuenta y desactiva el modo automático de la vida. Empecé a llorar agradeciendo que estaba vivo y que eso me estaba pasando a mí. Miraba a los lados, veía el agua, veía a Vale y a Nico, veía el cielo y me veía a mí mismo flotando en el mar. Esa sensación, la de estar vivo y darme cuenta, fue tan fuerte que hoy puedo todavía describirla aunque ya hayan pasado cinco años.
Me sorprendió que todo eso me estuviera pasando a mí, que era tan miedoso y jamás entraría al mar por la noche, que tampoco pensé que podría alguna vez viajar con amigos y que mucho menos había pensado que podría enamorarme de alguien como para invitarle a aventurarse conmigo en una selva.
No pensé que eso me pasaría a mí que no me había dado cuenta que el mundo se iba a revelar frente a mis ojos así muchas veces más y en todas lloraría. A mí que un día por la noche me acordaría de esto y lo escribiría a toda velocidad como si el tiempo se me estuviera acabando y yo solo pudiera contar una historia más.
por tomatesoy | Oct 9, 2024 | Diario
Antes de subirme al avión tenía miedo. Pensé muchas veces que la tristeza que tenía por dentro era más grande que cualquier otra cosa. Que esa emoción acabaría por tragárselo todo y que no podría experimentar ni un poquito de felicidad sintiéndome así.
Leí muchos poemas, escuché muchas canciones, hablé con muchos amigos que me garantizaron, casi con absoluta certeza, que la vida tenía pinta de otra cosa.
Empaqué, arrepentido de haber planeado un viaje al otro lado del mundo sin saber que me iba a ahogar en tristeza antes de irme. Pensé: pero a quién se le ocurre esto. ¿Por qué nadie me advirtió?
Me obsesioné con culparme por haber soñado tan grande, también me sentí pequeño, desprotegido por mí mismo. Pensaba en que, claro, eso me pasaba por imaginar que yo podía hacer todo eso por mi cuenta, sin nadie que me dijera todo lo que tenía que hacer.
Escribo esto aquí como una forma de recordarlo, nada más. No es una lección ni deja una enseñanza, no es una oda a la belleza ni una bolsa llena de cosas tristes. Es solo un recuerdo. Quiero compartir un recuerdo con la idea de que no desaparezca en el infinito de la memoria.
El avión duró mucho tiempo. Eso me pareció lo más inverosímil de todo el viaje. En tantas horas yo tuve espacio de soñar casi todos los sueños que me quedaban por soñar, levantarme una que otra vez, ver que todo seguía igual, cruzar un par de miradas incómodas con otros pasajeros que estaban despiertos, caminar un rato, estirarme, volver a dormir.
Una vez puse un pie afuera del avión, la vida fue otra cosa.
Afuera, después de caminar y coger un tren, estaba Santi esperándonos con un computador y una foto que decía: Maria Isabel y José Daniel. Y en frente de todos gritó: ¡jueputa!. Yo, en un segundo, sentí algo que no era tristeza y recordé, como otras veces, que si algo abunda en mi vida es amor.
por tomatesoy | Mar 31, 2024 | Diario
Tengo una pregunta entre los ojos. Silenciosa, me dice que esta vez saldrá por las mejillas. Va rodando como una gota de agua y se despide, despacio, mientras una nueva recorre su mismo camino. Quisiera responderla, me digo. Pero nunca puedo. Las preguntas son así.
He intentado sufrirlas con paciencia. Incluso buscar amigos que me ayuden a responderlas. Nada funciona. Incluso, a veces, la única manera en la que puedo apagarlas, es abrazar a mí mamá sin poder explicarle por qué me siento triste.
Tengo una pregunta en la garganta. Creo que esta vez será diferente. ¿Será posible que hoy lo que estoy pensando se me transforme en una voz que por fin pueda decir algo? Podría tal vez responder, intentar, sentirla salir de adentro y no volver.
Pero nada pasa.
Las preguntas me caminan por dentro y existen sin pedir permiso. Yo he aprendido a aceptarlas -creo-. Porque todavía no he logrado sentirme agradecido por ellas como dice Jairo.
Cada pregunta es un regalo, pienso.
Y casi dejan de gustarme los regalos por esa razón.