por tomatesoy | Mar 31, 2024 | Sin categoría
Recuerdo el día que conocí a Dan Flavin. Vi en internet que habría un recorrido guiado por el curador del museo y una representante de la fundación que administraba las obras del artista. Me pareció curioso: jugar con la luz para hacerla un concepto tan fuerte como el amor, los amigos, la ruptura. Por eso fui.
De Dan Flavin, ese día, aprendí que sería un artista difícil de conocer. A simple vista el Museo de Arte Moderno en ese momento era solo un espacio gigante lleno de tubos de luz fluorescente. A veces eso parece el arte contemporáneo, pero siempre hay algo más allá.
A medida que el recorrido avanzaba, la historia era diferente. Flavin había creado un propósito tan fuerte que sus objetos eran solo una declaración material de lo que llevaban en sus adentros: el concepto. Nada, incluso que en algún momento desaparezcan para siempre los tubos de luz fluorescente, era más importante que la intención que el artista había puesto en cada instalación: materializar su voz a través de la luz.
Después de escuchar un rato al curador y su propuesta museográfica, entendí fascinado la última obra del artista en la que terminaba el recorrido: una recopilación de “situaciones” que se representaban en cuadros con cuatro tubos de luz: dos hacia adelante y dos hacia atrás. El efecto, nos contaban, es que la luz representaba las parejas a las que el artista dedicaba la obra y que juntas, hacían desaparecer el borde sobre el cual recostaban la obra. Al pararse en frente y ver el cuadrado de luz sobre una esquina, el centro de la pared desaparecía por el efecto de la luz.
Esto es el arte. Entendí. Lo que me permite hoy, muchos años después, saber a qué se refería Flavin cuando creía que las parejas desdibujaban las cornisas de los muros. Saber que la luz también pinta y en últimas, asombrarme de que toda esa historia ocurriera en Medellín, en un Museo de Arte Moderno.
por tomatesoy | Mar 31, 2024 | Diario
Tengo una pregunta entre los ojos. Silenciosa, me dice que esta vez saldrá por las mejillas. Va rodando como una gota de agua y se despide, despacio, mientras una nueva recorre su mismo camino. Quisiera responderla, me digo. Pero nunca puedo. Las preguntas son así.
He intentado sufrirlas con paciencia. Incluso buscar amigos que me ayuden a responderlas. Nada funciona. Incluso, a veces, la única manera en la que puedo apagarlas, es abrazar a mí mamá sin poder explicarle por qué me siento triste.
Tengo una pregunta en la garganta. Creo que esta vez será diferente. ¿Será posible que hoy lo que estoy pensando se me transforme en una voz que por fin pueda decir algo? Podría tal vez responder, intentar, sentirla salir de adentro y no volver.
Pero nada pasa.
Las preguntas me caminan por dentro y existen sin pedir permiso. Yo he aprendido a aceptarlas -creo-. Porque todavía no he logrado sentirme agradecido por ellas como dice Jairo.
Cada pregunta es un regalo, pienso.
Y casi dejan de gustarme los regalos por esa razón.
por tomatesoy | Mar 31, 2024 | Diario
Hace unos meses me pasó. Una de esas noches que parecían infinitas decidí levantarme de mi cama y caminar hasta la habitación de mi mamá. Le dije que me sentía cansado, que estaba muy desesperado y algo me hacía pensar que todo era muy estrecho a mi alrededor. Lloré como casi siempre lloro cuando nos abrazamos. Intenté explicar lo que sentía al borde mi propia desesperación. No lo logré.
Casi siempre sus palabras son suficientes. Su empujón y sus “no le pongas más cabeza” que me decía para curar mi corazón roto solían ser la calma en medio de la tormenta. Pero esta vez fue distinto.
Después de un rato ella me propuso salir a comprar pan. Yo acepté. Salimos de la casa dando explicaciones de por qué a la una de la mañana íbamos a caminar hasta la panadería veinticuatro horas a comprar panes redondos de 600. -Es porque no amanece pan, dijo ella desde la puerta. Y salimos.
Mis lágrimas que ya no dan aviso venían dándose el mismo paseo que yo por la calle. Caían sin pausa, una tras otra, mientras caminábamos con las luces blancas nuevas que cada día parecen menos raras y nos hacen pensar cómo es que antes el mundo de noche era amarillo.
Pasamos por la casa del tío Gabriel cogidos de gancho. Caminamos mientras yo intentaba explicar qué sentía: esa sensación de que se acaba la vida y no viene nada más. La certeza que parece permanente de que la felicidad era alguien que un día me amó y su amor se había convertido en puñal.
Cada conversación de los últimos meses me ha acercado más a ella ahora que lo pienso. Aún cuando a veces sus soluciones parezcan tan simples que no logro ejecutarlas, pude cada vez, durante todos estos meses, decirle que sentía que el mundo se iba a acabar.
Expresé mi miedo, las cosas que aprendí en terapia, la idea alegre de algunos días en los que pensaba en que definitivamente iba a sobrevivir. Todo eso.
El amor de mi mamá es como ir a comprar pan. Cualquier día, a cualquier hora, yo podría decirle que me gustaría un abrazo. Puedo devolverme desde mi habitación cada que camino por su lado y decirle otra vez que la quiero mucho, sentir sus brazos que me rodean y me dicen que me deje llevar por la vida y que nada en últimas está hecho para siempre.
Si existe una cura para los corazones rotos tiene que ser el amor -pienso- y aunque esa conclusión no me da tranquilidad siempre, un día cualquiera en la madrugada, caminando con mi mamá por una cuadra del barrio, me lo comprueba.
Salir a comprar pan, hablar, llorar, sentir que el mundo me promete la vida si yo le prometo mi mirada. Nada más eso, la decisión de estar vivo y sus consecuencias (las buenas).
por tomatesoy | Mar 9, 2024 | Diario
Hay luchas que están perdidas incluso antes de que comiencen. Eso aprendí hoy. Mientras miro a Juan a los ojos, lo confirmo: esto que hay aquí no necesita una contienda, de alguna forma saldremos cogidos de la mano sabiendo que los dos perdimos un poco. Reconociendo que la vida era otra cosa. Que esta vez lo hicimos mal, que no tenemos idea cómo pasó todo.
Perder, ahora que lo pienso, es uno de esos temas de la vida difíciles de entender porque afuera nos dicen todo el tiempo que hay que ganar: a toda costa y por encima de los otros; sin reconocer a los distintos, aplastando a los que no tienen ventaja. Vivimos en una cultura que nos ha enseñado que vale más la pena ganar cualquier cosa que incluso vivir o disfrutar lo que se gana.
Quisiera pensar hoy que perdí. Y que perder es mi otra victoria. Una distinta. Sin pesos ni promesas, solo una victoria de saber que al final del día uno vuelve a intentar.
Porque así es la vida. Intentar.
Intentar con cariño y con la ilusión de que no sea la última vez, ni la primera, sino la que tenemos la oportunidad de vivir en este momento. Intentar con valentía, con esa idea profunda de enfrentarnos a los propios límites, a perdonar, como decía ese video de filosofía, lo imperdonable.
Quiero dejar aquí escrito que perdí. Dejar el recuerdo de que un día con 22 años, entendí que no podía entrar a todas las conversaciones imaginándome ganar algo, porque siempre es mejor dejar que el tiempo pase para preguntar si ya es la hora del abrazo.
por tomatesoy | Mar 9, 2024 | Diario
Miércoles 24 de agosto, por fin.
Estos días he estado pensando. Es curioso que tenga que decir eso, porque si fuera preciso, creo que no existen días en los que no piense.
A veces lo hago en automático: pienso cómo estará el taco en el camino a la Universidad, si por fin llegaré antes de que llamen a lista o si de pronto abrirán una cafetería cerca del bloque que si sea buena.
Otras me pierdo en la profundidad de la imaginación. Se me ocurre cómo sería estar comiendo helado en Italia, tirando monedas en una fuente de la fortuna o caminando por calles sucias en Nueva York.
Pensar es un oficio en el que disfruto la soledad -y aunque por obligación- alcanzo a hacer las pases con la mayoría de cosas que pienso.
Desde hace un mes, creo, he querido escribir sobre lo que he estado pensando; empezaba en mi cabeza y me devolvía intentando saber qué era lo que quería decir. Hasta que hoy lo decidí.
Por favor rompa el cristal
No sé quién nos dice qué es la verdad. No recuerdo haber aprendido cómo se configura, de qué manera se comunica ni qué es más allá de algunas clases de periodismo que ocurren en los primeros meses de la carrera, cuando a uno le dicen que este oficio tiene que tener una vocación por la verdad sobre todas las cosas.
La verdad, esa cosa, parece que fuera una criatura extraña que nadie ha visto. Porque es apenas normal decir una mentira para evitar una incomodidad, ocultar un detalle que podría cambiar el rumbo de una conversación o incluso fingir que hay cosas que no pasan con el objetivo de ser más feliz.
Pero nada me parece más triste, porque ya no sé si la verdad completa es innecesaria y dolorosa, casi como una desventaja. A veces creo que sí.
Nos pasamos diciendo mentiras que alarguen el tiempo que tenemos en lugares que disfrutamos más que esos en los que deberíamos estar; convertimos a los amigos en escudos de situaciones ficticias que maquillen el paso del tiempo; a veces incluso hay quienes mienten con sus capacidades para demostrarse que si pueden hacer lo que desconocen.
Yo, por mi parte, quisiera pensar que no todas las mentiras son malas ni todas las verdades son buenas.
Alguien podría decirme que eso es tibieza. Y sí lo es.
Se me ocurre, de pronto, que hay verdades que deberían ser regla: no quiero mentir cuando digo te amo, ni tampoco cuando quisiera dejar de forzar una conversación con alguien que no disfruto conversar.
Ya no quiero un mundo donde se vale que todo sea mentira. Que haya sonrisas que ocultan lágrimas o abrazos que se sienten cálidos pero son fríos.
Renuncio a creer que me da paz mirar a los ojos a alguien que me mira de vuelta y mentirle.
Voy creciendo. Creo que por eso me voy cansando también. Ese es el mejor regalo del tiempo: despojarse de cosas que no sirven para nada, aferrarse a las que sí. Ilusionarse con la diferencia.